SEGUNDA CATEQUESIS 1

 

«A los que están a punto de ser iluminados, y por qué se 
habla de baño de regeneración y no de perdón de los pecados; 
y por qué es peligroso, no solamente jurar en falso, sino incluso 
jurar, aunque juremos rectamente». 

A la espera del gran don del bautismo

1. ¡Cuán deseable y cuán amable es para nosotros el coro 
de los nuevos hermanos! Porque yo os llamo ya hermanos 
antes del alumbramiento, y antes del parto saludo ya mi 
parentesco con vosotros. 
Sé efectivamente, sé con toda claridad a qué honor tan 
grande y a qué magistratura vais a ser elevados. Ahora bien, a 
los que van a asumir una magistratura es costumbre que todos 
los honren incluso antes de ejercerla, por asegurarse de 
antemano para el futuro, mediante este homenaje, su 
benevolencia. Esto mismo hago yo también ahora, porque no 
vais a ser elevados a una magistratura sin más, sino al mismo 
reino, más aún, tampoco a un reino simplemente, sino al mismo 
reino de los cielos. 


Por esta razón os pido y os suplico que os acordéis de mí 
cuando lleguéis a ese reino, y lo que decía José al copero 
mayor: Acuérdate de mi cuando te vaya bien 2, esto mismo os 
digo yo a vosotros ahora: «Acordaos de mí cuando os vaya 
bien». 


No os pido, como aquél, la recompensa de unos sueños, 
porque yo no vine a interpretaros unos sueños, sino para 
exponeros detalladamente las cosas del cielo y ser portador de 
la buena noticia de aquellos bienes, tales que ni ojo vio, ni oído 
oyó, ni subieron a corazón de hombre, esto es, lo que Dios 
preparó para los que le aman 3. 


Cierto es que José decía al copero aquel: Al cabo de tres 
días, él te restablecerá en tu puesto de copero mayor 4. 
Yo no digo: «Al cabo de tres días, seréis promovidos al cargo 
de coperos del tirano», sino: «Al cabo de treinta días 5, no el 
Faraón, sino el rey de los cielos os restablecerá en la patria de 
arriba, en la Jerusalén libre, en la ciudad celeste». 


Y cierto es que aquél decía: Y darás la copa al Faraón en su 
mano 6, yo en cambio no digo: «Daréis la copa al rey en su 
mano, sino: El rey en persona os dará en vuestra mano la copa 
tremenda y llena de gran poder y más preciosa que toda 7 
creatura». Los ya iniciados conocen la fuerza de esta copa, 
pero también vosotros la conoceréis dentro de poco. 


Acordaos, pues, cuando lleguéis a aquel reino, cuando 
recibáis la vestidura regia, cuando vistáis la púrpura tinta en la 
sangre del Señor, cuando os ciñáis la diadema que por todas 
partes irradia resplandores más intensos que los rayos del sol. 
Tal es, en efecto, la dote del esposo, sin duda mayor que 
nuestro merecimiento, pero digna de su bondad. 

Peligro del que retrasa el bautismo hasta el final de su vida 

Por esta razón, ya desde ahora y a causa de aquellas 
sagradas alcobas nupciales, yo os felicito, y no solamente os 
felicito, sino que también alabo vuestro buen sentido, porque no 
os habéis acercado a la iluminación como los más perezosos de 
los hombres, en las últimas boqueadas 9, sino que ya desde 
ahora, como siervos sensatos, preparados para obedecer con 
la mejor voluntad al Señor, habéis puesto el cuello de vuestra 
alma, con tanta mansedumbre como celo, bajo la gamella de 
Cristo, y recibisteis el yugo suave y tomasteis la carga ligera 10. 

Efectivamente, aunque la gracia es igual para vosotros que 
para los iniciados al final de sus vidas, sin embargo, ni el 
propósito ni la preparación de las cosas son lo mismo. 
Ellos, en efecto, la reciben en su lecho; vosotros, en el 
regazo de la Iglesia, la madre común de todos nosotros; ellos, 
quejándose y llorando; vosotros, alegres y gozosos; ellos, 
gimiendo; vosotros, dando gracias; ellos, en fin, amodorrados 
por mucha fiebre; vosotros en cambio, rebosantes de deleite 
espiritual. 


De ahí que todo esté aquí en consonancia con el don, 
mientras que allí todo es contrario al don: el llanto y el lamento 
de los que se inician es abundante; en derredor están los hijos 
llorando, la mujer arañándose la cara, los amigos entristecidos, 
los criados llenos de lágrimas y, en fin, toda la casa con aspecto 
de un día invernal y lóbrego. Y si logras destapar el corazón 
mismo del yacente, lo hallarás el más sombrío de todos. 


MORIBUNDO/SACRAMENTOS: Efectivamente, igual que los 
vientos que, al lanzarse con gran ímpetu unos contra otros, 
dividen el mar en muchas partes, así también los pensamientos 
de los males entonces dominantes, al abatirse sobre el alma del 
enfermo, dividen su mente en múltiples preocupaciones: cuando 
mira a los hijos, piensa en su orfandad; cuando pone los ojos en 
la mujer, considera su viudez; cuando ve a los siervos, sopesa 
la desolación de la casa entera; cuando vuelve la atención 
sobre sí mismo, trae a la memoria su vida presente y, al verse a 
punto ya de separarse, lo envuelve una densa nube de 
postración. Tal es el alma del que va a ser iniciado. 


Luego, en medio mismo del tumulto y de la confusión, entra el 
sacerdote, más temible que la propia fiebre y más cruel que la 
muerte a los ojos de los parientes del enfermo, pues éstos 
consideran que la entrada del presbítero es mayor causa de 
desesperación que la voz misma del médico que da por perdida 
la vida del enfermo, y lo que es fundamento de la vida eterna 
ellos lo consideran señal de muerte. 


Pero todavía no he añadido el colofón de los males. Muchas 
veces, en efecto, el alma abandonó el cuerpo y se fue, mientras 
los parientes armaban gran barullo preparándose 11. Con todo, 
a muchos tampoco les aprovechó la presencia del alma. 
Efectivamente, cuando no reconoce a los parientes, ni oye la 
voz, ni puede responder las palabras aquellas mediante las 
cuales se establecerá el feliz pacto con el común Señor de 
todos nosotros, antes bien, cuando el que va a ser iluminado 
yace como un leño inútil o como una piedra, sin diferenciarse en 
nada de un cadáver, ¿cuál puede ser el provecho de la 
iniciación en tales condiciones de inestabilidad? 

2. El que está efectivamente a punto de llegarse a estos 
sagrados y tremendos misterios necesita velar y andar 
despierto, purificarse de toda preocupación mundana, llenarse 
de mucha templanza y de mucho celo, desterrar de la mente 
todo pensamiento ajeno a los misterios y dejar por todas partes 
limpia la casa, como si estuviera a punto de acoger al rey en 
persona. 


Tal es la preparación de vuestra mente, tales los 
pensamientos que debéis tener, tal el propósito del alma. 
Por consiguiente, la digna recompensa de esta óptima 
determinación espérala de Dios, que en las retribuciones vence 
a cuantos le obsequian con su obediencia. 


Ahora bien, puesto que es necesario que los consiervos 
contribuyan con lo que es suyo, también nosotros 
contribuiremos con lo que es nuestro, aunque, si ni siquiera 
esto es nuestro, que es también del Señor! 
Pues dice: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo 
recibiste, ¿de qué te glorias, como si no hubieras recibido? 12. 

Yo hubiera querido, lo primero de todo, deciros lo siguiente: 
por qué realmente nuestros padres, dejando correr todo el año, 
legislaron que éste era el momento oportuno para que los hijos 
de la Iglesia fueran iniciados en los misterios, y por qué razón, 
después de nuestra enseñanza, os descalzan y os desnudan y 
luego, descalzos y desnudos, cubiertos únicamente con la 
tuniquilla, os hacen pasar a las voces de los exorcistas. 


En realidad ellos no nos determinaron sin más y a ciegas 
esta forma de actuar y este tiempo, sino que ambas cosas 
tienen un sentido misterioso e inefable. 

Los varios nombres del bautismo

También hubiera querido explicaros este sentido, pero veo 
que ahora el discurso nos empuja hacia otro punto más 
necesario. Necesario es, efectivamente, decir qué es en fin de 
cuentas el bautismo, por qué razón ha entrado en nuestra vida 
y qué bienes nos reserva. 
Pero, si queréis, dialoguemos primeramente sobre la 
denominación de esta misteriosa purificación. 
No tiene un nombre único, en efecto, sino muchos y variados. 

Esta purificación se llama baño de regeneración, pues dice: 
Nos salvó por el baño de la regeneración y de la renovación del 
Espirita Santo 13. 
Se llama también iluminación, y esto mismo le llamó también 
Pablo: Traed a la memoria los días pasados, en los cuales, 
después de haber sido iluminados, sufristeis gran combate de 
aflicciones 14; y de nuevo: Porque es imposible que los que una 
vez fueron iluminados y gustaron el don celestial y recayeron, 
sean otra vez renovados para conversión 15. 
Se llama también bautismo: Porque todos los que habéis sido 
bautizados en Cristo, de Cristo estáis vestidos 16. 
Se llama sepultura: Porque fuisteis sepultados juntamente 
con Él -dice- por el bautismo, para muerte 17. 
Se llama circuncisión: En el cual también fuisteis 
circuncidados con una circuncisión no hecha con manos, en el 
despojamiento del cuerpo de los pecados de la carne 18. 
Se llama cruz: Porque nuestro viejo hombre fue crucificado 
con Él, para que el cuerpo del pecado sea deshecho 19. 

El bautismo como baño de regeneración

Se podría seguir enumerando otros muchos nombres, sin 
embargo, para no consumir todo el tiempo en las 
denominaciones del don, ¡ea!, volvamos a la primera 
denominación y, en cuanto hayamos explicado su significado, 
pondremos fin al discurso. Entre tanto, reasumamos nuestra 
enseñanza desde un poco más arriba. 


Existe el baño común a todos los hombres, el de los 
establecimientos de baños, que suele limpiar la suciedad del 
cuerpo. Pero está también el baño judío, más digno que aquél, 
pero muy inferior al de la gracia, pues éste limpia también la 
suciedad corporal, pero no sólo la corporal, sino también la que 
afecta a la conciencia débil. 


Efectivamente, hay muchas cosas que no son impuras por 
naturaleza, sino que se vuelven impuras por efecto de la 
debilidad de la conciencia. Y lo mismo que tratándose de niños, 
ni las máscaras ni las demás paparrasollas son de por sí 
espantosas, sino que a los niños les parecen espantosas por 
causa de su propia debilidad natural, así también tratándose de 
lo que os dije; por ejemplo, tocar cadáveres: por naturaleza no 
es algo impuro, pero, si le ocurre a una conciencia débil, 
entonces vuelve impuro al que los toca. 


Ahora bien, que no sea algo impuro por naturaleza, lo dejó 
bien claro el mismo legislador 20, Moisés, que llevó consigo 
intacto el cadáver de José y, sin embargo, permaneció puro. 
Por la misma razón Pablo, dialogando con nosotros acerca 
de esta impureza debida, no a la naturaleza, sino a la debilidad 
de la conciencia, decía también algo así: De suyo nada hay 
impuro, de no ser para quien piensa que algo es impuro 21. 
¿Estás viendo cómo la impureza no se origina de la naturaleza 
de la cosa, sino de la debilidad del pensamiento? Y de nuevo: 
Todo es puro, ciertamente, pero malo es para el hombre comer 
con escándalo 22, ¿Ves cómo no es el comer, sino el comer con 
escándalo, la causa de la impureza? 

3. Semejante mancha la limpiaba el baño judío. El baño de la 
gracia, en cambio, limpia, no ya ésta, sino la verdadera 
impureza, la que deposita la gran suciedad, no sólo en el 
cuerpo, sino sobre todo en el alma; en efecto, no purifica a los 
que han tocado los cadáveres, sino a los que han tocado las 
obras muertas. 


Aunque uno sea un afeminado, un fornicario o un idólatra; 
aunque haya cometido cualquier clase de mal y esté en 
posesión de toda maldad humana, en cuanto baja a la piscina 
de las aguas, sale del divino manantial más puro que los rayos 
del sol. 


Y para que no pienses que lo dicho es mera jactancia, 
escucha a Pablo cuando habla del poder de este baño: No os 
engañéis, que ni los idólatras, ni los fornicarios, ni los adúlteros, 
ni los afeminados, ni los invertidos, ni los borrachos, ni los 
maldicientes, ni los robadores heredarán el reino de Dios 23. 
«¿Y qué tiene esto que ver-dice- con lo dicho? ¡Pon de 
manifiesto lo que estamos buscando, a saber, si todo eso lo 
limpia la fuerza del baño bautismal!». 


Pues bien, escucha lo que sigue: Y esto mismo erais algunos: 
pero ya estáis lavados, pero ya estáis santificados, pero ya 
estáis justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y 
en el Espíritu de nuestro Dios 24, 
Nosotros os prometíamos mostraros que los que se acercan 
al baño bautismal quedan limpios de toda fornicación 25, pero el 
discurso ha demostrado mucho más: no solamente limpios, sino 
también santos y justos, pues no dijo solamente: estáis lavados, 
sino también: estáis santificados y estáis justificados. ¿Qué 
puede haber de más extraordinario que esto, que sin trabajos, 
sin sudores y sin éxitos nazca la justicia? ¡Pues tal es la bondad 
del don divino, que sin sudores hace justos! 


Efectivamente, si una carta del emperador, por breve que 
sea el texto, no sólo deja libres a los responsables de 
innúmeras acusaciones, sino que también encumbra a la 
máxima dignidad a otros, ¡con cuánta mayor razón el Espíritu de 
Dios, que además lo puede todo, nos agraciará con una gran 
justicia y nos colmará de una gran confianza! 
Y lo mismo que una centella, al caer en medio del inmenso 
mar, inmediatamente se apaga y desaparece anegada por la 
masa de las aguas, así también toda maldad humana, cuando 
cae en la piscina de las divinas aguas, se anega y desaparece 
más rápida y más fácilmente que aquella centella. 


«¿Y por qué razón -dice- si el baño bautismal perdona todos 
nuestros pecados, no se le llama baño del perdón de los 
pecados, ni baño de la purificación, sino baño de la 
regeneración?». -Porque no nos perdona sin más los pecados, 
ni simplemente nos purifica de las faltas, sino que lo hace de tal 
manera, como si de nuevo fuésemos engendrados. 


Y efectivamente, de nuevo nos crea y nos forma, pero, no 
plasmándonos otra vez con barro, sino formándonos con otro 
elemento: la naturaleza de las aguas; y es que no se limita a 
fregar el vaso, sino que vuelve a refundirlo por entero. De 
hecho, los objetos que se friegan, por más cuidadosamente que 
se restriegue, siempre retienen huellas de la cualidad y guardan 
restos de la mancha; en cambio, los objetos que se meten en el 
horno de fundición y se renuevan por medio del fuego se 
desprenden de toda mancha y, cuando salen de la fragua, 
emiten el mismo resplandor que los totalmente nuevos. 
Por consiguiente, lo mismo que un hombre toma una estatua 
de oro, sucia por obra del tiempo, del humo, del polvo y del orín, 
y la funde, y luego nos la devuelve limpísima y esplendorosa, 
así también Dios: tomó nuestra naturaleza enrobinada por el 
orín del pecado, ennegrecida por el mucho humo de las faltas y 
perdida la belleza que de Él recibiera al principio, y otra vez la 
fundió: metiéndonos en el agua como en un horno de fundición, 
envía la gracia del Espíritu en vez del fuego, y luego nos saca 
de allí totalmente rehechos y renovados con gran resplandor, 
como para desafiar en adelante a los mismos rayos del sol; 
deshizo al hombre viejo, pero construyó otro nuevo, más 
esplendoroso que el primero. 

4. Ya el profeta, aludiendo veladamente a esta nuestra 
destrucción y a esta misteriosa purificación, decía 
antiguamente: Como jarro de alfarero los desmenuzarás 26. 
Efectivamente, que la frase se refiere a los fieles, nos lo 
muestran claramente los versos anteriores: Tú eres mi hijo, yo 
te engendré hoy; pídeme, y te daré las gentes por heredad 
tuya; y por posesión tuya, los confines de la tierra 27. 
¿Ves cómo hizo mención de la Iglesia de los gentiles y cómo 
dijo que el reino de Cristo se extiende por todas partes? Y luego 
vuelve a decir: Los apacentarás con vara de hierro: no 
abrumadora, sino fuerte; como jarro de alfarero los 
desmenuzarás 28, 
Aquí tienes un modo más misterioso de entender el baño 
bautismal, porque no dijo simplemente «jarro de loza», sino 
«jarro de alfarero». 


Pero fijaos bien: los jarros de loza, una vez desmenuzados, 
no admitirían arreglo, por causa de la dureza que les dio una 
vez por todas el fuego; en cambio, los jarros de alfarero no son 
de tierra cocida, sino de arcilla, de ahí que, incluso si se 
quiebran, fácilmente puedan volver a su forma anterior 29 
mediante la maestría del artesano. 


Así pues, cuando el Señor habla de una calamidad 
irremediable, no dice «jarro de alfarero», sino «jarro de loza». 
Por lo menos, cuando quería enseñar al profeta y a los judíos 
que habían entregado la ciudad a una calamidad irremediable, 
mandó coger un ánfora de tierra cocida y desmenuzarla delante 
de todo el pueblo, y decir: Asi perecerá también la ciudad, y 
será desmenuzada 30. En cambio, cuando quiere ofrecerles 
buenas esperanzas, conduce al profeta a una alfarería y allí, no 
le muestra un jarro de loza, sino que le muestra un jarro de 
arcilla que se le cae de las manos al alfarero, y razona diciendo: 
Si este alfarero ha recogido el jarro caído y de nuevo lo ha 
restaurado, ¿no podré yo mucho mejor enderezaros a vosotros 
que habéis caído? 31. 


Por consiguiente, a Dios le es posible no sólo restaurar a los 
que somos de arcilla por medio del baño de la regeneración, 
sino también, mediante una perfecta penitencia, devolver a su 
prístino estado a los que, a pesar de haber recibido la fuerza 
del Espíritu, han recaído. 

La lucha de los catecúmenos contra el demonio

Pero no es ésta la ocasión de que escuchéis los discursos 
acerca de la penitencia, mejor dicho, ¡ojalá nunca tengáis 
ocasión de dar en la necesidad de esos remedios, al contrario, 
ojalá permanezcáis siempre firmes en la guarda integral de la 
belleza y del esplendor que ahora estáis a punto de recibir! 
Pues bien, para que podáis permanecer siempre así, ¡ea!, 
dialoguemos un poquito con vosotros acerca del plan de vida. 
Efectivamente, en esta palestra las caídas no son peligrosas 
para los atletas, ya que la lucha es contra gente de casa y todo 
ejercicio se realiza a expensas de los cuerpos de los 
entrenadores. Pero, cuando llega el momento de las 
competiciones, cuando se abre el estadio y el público está 
sentado arriba y el juez de competición aparece, a partir de ese 
instante es preciso: o bien acobardarse y caer, para retirarse 
llenos de vergüenza, o bien emplearse a fondo y alcanzar las 
coronas y los premios. 


Así ocurre también con vosotros: estos treinta días se 
asemejan a una palestra con sus ejercicios y entrenamientos. 
Aprendamos ya desde ahora a vencer a aquel malvado 
demonio, porque, después del bautismo, deberemos 
desnudarnos para entrar en liza contra él. Y contra él 
deberemos dirigir los golpes de nuestro puño, y contra él luchar. 

Por consiguiente, aprendamos ya desde ahora sus llaves, de 
dónde procede su maldad y por qué medios puede fácilmente 
perjudicarnos, para que, cuando lleguen las competiciones, no 
nos extrañemos ni nos alborotemos al ver la novedad de su 
agonística, sino que, habiendo aprendido todas sus 
estratagemas a la vez que nos ejercitamos nosotros mismos, 
emprendamos con toda confianza la lucha contra él. 

El peligro de la lengua

LENGUA/PELIGRO: Pues bien, él está acostumbrado a 
intentar dañarnos por todos los medios, pero sobre todo a 
través de la lengua y de la boca, porque no hay para él 
instrumento más apropiado para engañarnos y perdernos que 
una lengua intemperante y una boca sin puertas. De aquí nacen 
nuestras numerosas caídas, de aquí nuestros graves motivos 
de acusación. 


Y cuán fácil sea resbalar con la lengua, alguien lo declaró 
cuando decía: Muchos cayeron a filo de espada, mas no tantos 
como los caídos por obra de la lengua 32, y la gravedad de la 
caída la revelaba el mismo diciendo otra vez: Mejor es resbalar 
del pavimento que resbalar de la lengua 33; y lo que dice viene 
a ser esto mismo: «Mejor es caer y magullarse el cuerpo que 
proferir una palabra tal que pueda perder nuestra alma». 
Pero no solamente habla de caídas, sino que ademas nos 
exhorta a que andemos con gran cuidado para no ser 
derribados, cuando dice así: Haz a tu boca una puerta y 
cerrojos 34, no para que realmente preparemos puertas y 
cerrojos, sino para que, con gran seguridad, cerremos a la 
lengua el paso a las palabras inconvenientes. 
Y en otra parte, mostrando que junto con nuestro cuidado, y 
antes de nuestro cuidado, necesitamos del impulso de lo alto, 
para que podamos retener a esta fiera dentro, el profeta, con 
las manos levantadas hacia Dios, volvía a decir: La elevación de 
mis manos sea como sacrificio vespertino. Pon, Señor, una 
guardia a mi boca y una puerta de protección a mis labios 35. 
Y el mismo que había exhortado anteriormente vuelve a 
decir: ¿Quién pondrá una guardia a mi boca, y a mis labios sello 
de prudencia? 36, 
¿Estás viendo cómo todos temen estas caídas, se lamentan, 
aconsejan y ruegan que su lengua disfrute de buena guardia? 
Y si tal es la ruina que nos acarrea este órgano, ¿por que 
-dice- lo puso Dios en nosotros ya desde el comienzo? Porque 
también tiene una gran utilidad y, si andamos con cuidado, 
únicamente nos trae utilidad y ningún perjuicio. Escucha, pues, 
lo que afirma el mismo que dijo lo de antes: En poder de la 
lengua están la vida y la muerte 37. Y Cristo viene a declarar lo 
mismo cuando dice: Por tus palabras serás condenado, y por 
tus palabras serás justificado 38, 


Efectivamente, la lengua está situada en el centro de uno y 
otro uso: el dueño eres tú. 


Lo mismo ocurre con la espada que yace en el medio: si la 
utilizas contra los enemigos, tendrás en ella un instrumento de 
salvación, pero, si asestas el golpe contra ti mismo, la causante 
de tu herida no será la naturaleza del hierro, sino tu propia 
transgresión de la ley.


Pensemos lo mismo respecto de la lengua: es una espada 
que yace en medio, por tanto agúzala para acusarte de tus 
pecados, no asestes el golpe contra un hermano. Por esta 
razón Dios la circundó con doble muro: con la valla de los 
dientes y la cerca de los labios, para que no profiera con 
facilidad y atolondradamente las palabras inconvenientes. 
Refrénala dentro. ¿Que no lo soporta? Entonces dale una 
lección utilizando los dientes, como si entregaras su cuerpo a 
estos verdugos, y haz que la muerdan, porque mejor es que sea 
mordida por los dientes ahora, mientras peca, que entonces, 
cuando ande achicharrada buscando una gota de agua 39, no 
consiga el alivio. 


En todo esto, pues, y en mucho más, suele pecar, cuando 
insulta, blasfema, profiere palabras torpes, calumnia, jura y 
perjura. 

Los peligros del juramento

5. Sin embargo, para no hundir vuestra mente en la 
confusión, si os digo hoy de golpe todo, os propongo entre 
tanto una sola ley: la que manda evitar los juramentos, y de 
antemano os digo y aviso esto: si no evitáis los juramentos -no 
digo solamente los perjurios, sino los mismos juramentos 
hechos por causa justa-, si no los evitáis, digo, no dialogaremos 
más con vosotros sobre otro tema. 


Efectivamente, sería absurdo que, mientras los maestros de 
las letras no dan a los niños una segunda noción hasta que ven 
la precedente bien fija en sus memorias, nosotros, por el 
contrario, a pesar de no haber podido inculcaros con exactitud 
las nociones precedentes, nos adelantaremos a imbuiros otras 
nuevas: esto no sería otra cosa que sacar agua en herrada 
agujereada. 


Por tanto, si no queréis que callemos, poned muchísimo 
cuidado en el asunto. 
Grave es, en efecto, este pecado, y muy grave. Y es muy 
grave, porque no parece ser grave, y por eso lo temo: porque 
nadie lo teme; y por eso es una enfermedad incurable: porque 
ni siquiera parece ser enfermedad, antes bien, como el simple 
platicar no es motivo de acusación, así tampoco esto parece ser 
motivo de acusación, al contrario, se tiene la osadía de cometer 
con la mayor confianza esta transgresión de la ley. Y si alguien 
intenta una acusación, inmediatamente se siguen la risa y gran 
escarnio, pero no contra los acusados por causa de los 
juramentos, sino contra los que quieren remediar la 
enfermedad.


Por esta razón amplío yo mi discurso sobre este asunto, 
porque quiero arrancar una raíz profunda y acabar con un mal 
crónico: no digo los perjurios solamente, sino también los 
mismos juramentos hechos según ley. 
«¡Pero el tal -dice- es un hombre honrado, que ejerce el 
sacerdocio y que vive con mucha templanza y piedad!» ¡No me 
hables de este hombre honrado, templado, piadoso y que 
ejerce el sacerdocio! Pon, si quieres, que éste sea Pablo, o 
Pedro, o incluso un ángel bajado del cielo: ¡ni aun así presto 
atención al valor de las personas! Efectivamente, la ley sobre 
los juramentos yo no la leo como ley servil, sino como ley regia; 
ahora bien, cuando se leen documentos de un rey, enmudece 
toda dignidad de los siervos. 


Pues bien, si tú puedes decir que Cristo mandó jurar, o que 
Cristo no lo castiga cuando se hace, muéstralo y quedaré 
persuadido; pero, si pone tanto empeño en impedirlo y tanto se 
preocupa por este asunto que al que jura lo equipara al Maligno 
(Pues lo que pasa de esto -del si y del no, dice-, del diablo 
procede 40), ¿por qué me mientas al tal y al cual? 
De hecho Dios no te dará su voto basándose en la 
negligencia de tus consiervos, sino en el mandato de sus leyes: 
Él lo mandó, así que era necesario obedecer, y no presentar al 
tal como pretexto, ni mezclarse en males ajenos. 
Aunque el gran David cometió un grave pecado 41, ¿acaso 
por esa razón, dime, no va a ser para nosotros peligroso el 
pecar? Por lo mismo es necesario, pues, ponerse en guardia 
contra esa idea y emular solamente las buenas acciones de los 
santos, y si en alguna parte se dan negligencia y transgresión 
de la ley, obligación es huir de ellas con suma diligencia. 
Efectivamente, el contenido de nuestro discurso no se refiere a 
nuestros consiervos, sino al Señor, y a Él daremos cuentas de 
todo lo vivido. 


Preparémonos, pues, para aquel tribunal, ya que, por 
infinitamente admirable y grande que sea el que viola esta ley, 
pagará cabalmente la pena debida por la transgresión, pues 
Dios no hace acepción de personas 42. 

Cómo evitar los juramentos

¿Cómo, pues, y de qué manera es posible evitar este 
pecado? Porque, en verdad, no solamente es necesario mostrar 
que la acusación es grave, sino también aconsejar sobre cómo 
poder librarnos de ella. 


¿Tienes mujer, criados, hijos, un amigo, un pariente, un 
vecino? Ordénales a todos ellos estar en guardia sobre esto. 
¿Que la costumbre es cosa difícil, que cuesta arrancarla, que 
no es fácil guardarse de ella, y muchas veces nos empuja sin 
quererlo ni saberlo nosotros? Pues bien, cuanto más conoces la 
fuerza de la costumbre, tanto mayor empeño pon en ser 
liberado de la mala costumbre y en convertirte a la otra, a la 
más provechosa. 


Efectivamente, lo mismo que aquélla muchas veces fue capaz 
de hacerte caer, a pesar de tu diligencia, de tu cautela, de tu 
cuidado y preocupación, así también ahora, si te conviertes a la 
buena costumbre, la de no jurar, nunca podrás caer en el 
pecado de juramento, ni sin querer ni por negligencia, porque 
cosa grande es realmente la costumbre y tiene la fuerza de la 
naturaleza. 


Por consiguiente, para no andar penando continuamente, 
pasémonos a esta costumbre, y a cada uno de los que conviven 
y se relacionan contigo pídeles esta gracia: que te aconsejen y 
exhorten a evitar los juramentos, y si te sorprenden 
haciéndolos, que te acusen.


De hecho, la vigilancia ejercida por ellos sobre ti es también 
para ellos consejo y exhortación a obrar rectamente. En efecto, 
el que acusa a otro de juramento no caerá él mismo tan 
fácilmente en este abismo, pues abismo nada común es la 
frecuencia en el jurar, no sólo cuando se hace por cosas 
mínimas, sino también cuando se hace por las mayores.
Ahora bien, nosotros, lo mismo cuando compramos 
legumbres y regateamos por dos óbolos que cuando nos 
enfadamos con los criados y los amenazamos, en toda ocasión 
apelamos a Dios como testigo, y sin embargo, a un hombre libre 
y con un cargo de poca monta tú no te hubieras atrevido a 
llamarle a la plaza como testigo de tales cosas, y si acaso te 
atreves a hacerlo, se te castigará por tu insolencia: en cambio, 
¡al rey de los cielos, al Señor de los ángeles, tú lo arrastras a 
dar testimonio cuando discutes sobre cosas venales, sobre 
dinero o sobre minucias! Y, ¿cómo esto va a ser tolerable? 
¿Por qué medios, pues, podremos vernos libres de esta mala 
costumbre? Poniendo en derredor nuestro las guardias que 
dije, fijándonos a nosotros mismos un plazo para la enmienda e 
imponiéndonos una multa si, pasado el plazo, hubiéremos 
fracasado en el empeño. 


Ahora bien, ¿cuánto tiempo nos bastará para esto? Yo no 
creo que los muy sobrios, despiertos y que velan por su propia 
salvación necesiten más de diez días para quedar 
completamente libres de la mala costumbre de los juramentos. 
Pero si al cabo de esos diez días se nos viera seguir jurando, 
impongámonos a nosotros mismos una pena, incluso fijemos el 
castigo y la multa máximos por nuestra transgresión. 
¿Cuál será, pues, la condena? Esto no os lo determino yo 
todavía, sino que os dejo a vosotros mismos el ser dueños de la 
sentencia. 


Administremos así nuestros asuntos, y no sólo los referidos a 
los juramentos, sino también los que atañen a los demás fallos: 
si nos fijamos a nosotros mismos un plazo, con gravísimas 
penas en el caso de reincidencia, partiremos puros hacia 
nuestro Señor, quedaremos libres del fuego infernal y con toda 
confianza nos mantendremos en pie delante del tribunal de 
Cristo. Ojalá podamos conseguirlo todos, por la gracia y la 
bondad de nuestro Señor Jesucristo, por el cual se dé la gloria 
al Padre, junto con el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. 
Amén. 
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1. La presente catequesis, editada por Montfancon como primera 
Catequesis (y reimpresa en Migne PG 49, 223-232, de donde la traduzco), 
y tenida también como tal por Papadopoulos, quien sin embargo, no la 
publicó, probablemente fue pronunciada el año 388, treinta días antes de 
la Pascua (cf. WENGER, Introd., pp. 26-27 y 64). 
2. Gn 40, 14. 
3.1 Co 2,9. 
4. Gn 40, 13. 
5. Por consiguiente, la instrucción se realizó un mes antes de Pascua, 
fecha del bautismo.
6. Gn 40, 13. 
7. hekateros = hekastos (cf. LIDDELL-SCOTT, Lexicon s.v.). 
9. Nótese en ésta y en las siguientes expresiones que describen a un 
moribundo el vivo realismo y el magistral uso que el autor hace de la 
antítesis. 
10. Cf. Mt 11, 30.
11. Entiéndase para el acontecimiento de la iniciación bautismal.
12. 1 Co 4, 7. 
13. Tt 3. 5. 
14. Hb 10, 32. 
15. Cf. Hb 6, 4. 
16. Ga 3, 27. 
17. Cf. Rm 6, 4. 
18. Col 2, 11. 
19. Rm 6, 6. 
20. Literalmente «que ordenó estas cosas»; el ejemplo debe de 
referirse a Ex 13, 19. 
21. Cf. Rm 14, 14. 
22. Rm 14, 20. 
23. 1 Co 6, 9-10. 
24. 1 Co 6, 11. 
25. Quizá sea mejor leer, con un antiguo traductor latino, ponerías en 
vez de porneias: «limpios de toda maldad». 
26. Sal 2, 9. 
27. Sal 2, 7-8. 1
28. Sal 2, 9. 
29. Sigo la lección de Migne: proteron, en vez del deuteron de 
Montfaucon. 
30. Jr 19, 11. 
31. Jr 18, 6. 
32. Cf. Si 28, 18. 
33. Si 20, 18. 
34. Cf. Si 28, 25. 
35. Cf. Sal 140, 2-3. 
36. Si 22, 27. 
37. Pr 18, 21. 
38. Mt 12, 37. 
39. Alusión probable al castigo del rico epulón, cf. Lc 16, 24. 
40. Cf. Mt 5, 37. 
41. Cf. 2 S 11, 2ss. 
42. Hch 10, 34.