II.        VIDAS MARIANAS_ PAGEREF _Toc102465591 \h 15

1.        SAN BERNARDO ABAD_ PAGEREF _Toc102465592 \h 15

2.        SAN FRANCISCO DE ASÍS_ PAGEREF _Toc102465593 \h 16

3.        SANTO TOMÁS DE AQUINO_ PAGEREF _Toc102465594 \h 17

4.        SAN FELIPE BENICIO_ PAGEREF _Toc102465595 \h 18

5.        SAN BERNARDINO DE SIENA_ PAGEREF _Toc102465596 \h 19

6.        SAN LUIS GONZAGA_ PAGEREF _Toc102465597 \h 20

7.        SAN JUAN BERCHMANS_ PAGEREF _Toc102465598 \h 21

8.        SAN JUAN EUDES_ PAGEREF _Toc102465599 \h 22

9.        SAN JOSÉ DE CUPERTINO_ PAGEREF _Toc102465600 \h 23

10.       SAN LUIS MARÍA GRIGNIÓN DE MONTFORT_ PAGEREF _Toc102465601 \h 24

11.       SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO_ PAGEREF _Toc102465602 \h 26

12.       BEATO GUILLERMO CHAMINADE_ PAGEREF _Toc102465603 \h 29

13.       SAN MARCELINO DE CHAMPAGNAT_ PAGEREF _Toc102465604 \h 30

14.       SAN JUAN MARÍA VIANNEY_ PAGEREF _Toc102465605 \h 32

15.       SAN ANTONIO MARÍA CLARET_ PAGEREF _Toc102465606 \h 33

16.       SANTA MICAELA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO_ PAGEREF _Toc102465607 \h 38

17.       SAN JUAN BOSCO_ PAGEREF _Toc102465608 \h 38

18.       SANTA MARÍA SOLEDAD TORRES_ PAGEREF _Toc102465609 \h 41

19.       SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA_ PAGEREF _Toc102465610 \h 42

20.       DOMINGO SAVIO_ PAGEREF _Toc102465611 \h 44

21.       EL HERMANO MIGUEL_ PAGEREF _Toc102465612 \h 46

22.       SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS_ PAGEREF _Toc102465613 \h 47

23.       SANTA GEMA GALGANI PAGEREF _Toc102465614 \h 49

24.       PADRE JOSÉ KENTENICH_ PAGEREF _Toc102465615 \h 52

25.       SAN PÍO DE PIETRELCINA_ PAGEREF _Toc102465616 \h 54

26.       SAN MAXIMILIANO KOLBE_ PAGEREF _Toc102465617 \h 55

27.       SAN JOSÉ MARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER_ PAGEREF _Toc102465618 \h 59

28.       EL PAPA JUAN PABLO II PAGEREF _Toc102465619 \h 62

 

 

I.   VIDAS MARIANAS

El Señor ha sido «bueno con nosotros», ha suscitado para la Iglesia Católica como en todos los tiempos, “almas” llenas de santidad, pero en  el milenio que acaba de fenecer, los elegidos del Señor se distinguieron por una particularidad especial: fueron hombres y mujeres revestidos de una tierna y excepcional devoción a la Madre de Dios. Jesús así lo ha querido: DAR A CONOCER A SU MADRE EN ESTOS TIEMPOS.

 

Por este motivo sólo he escogido a los más “devotos” de la Madre Celestial, y he tratado de enfocar únicamente sus vivencias marianas. 

1.    SAN BERNARDO ABAD

San Bernardo Abad, nació en 1090 en Fontaine, provincia de Borgoña, cercano a Dijon-Francia. Fue el tercero de siete hijos. Cuentan que su madre cuando estuvo encinta de él, tuvo un sueño misterioso. Soñó que en su vientre llevaba un perro que ladraba ferozmente; este sueño que tuvo le comunicó a “un hombre de Dios”, que le profetizó que daría a luz un niño que con el correr de los años sería un guardián del Señor, que ladrará contra los enemigos de la Iglesia, como en efecto así aconteció. Fue el gran defensor contra los ataques de los herejes como Abelardo.

 

San Bernardo nació con una sensible y tierna devoción a la Virgen, dicen que de niño, al escuchar el «dulce» nombre de María se emocionaba tanto que saltaba de gozo y alegría.

 

Hay un hecho que influyó en su vida, y que posteriormente lo condujo a la vida monacal, en donde encontraría al Señor: Una noche de Navidad durante la celebración de maitines se quedó dormido en la Iglesia; allí le pareció ver a la Virgen María con el niño Jesús en el pesebre. Ella le ofrecía el “niño” para que lo amase e hiciera amar a los demás.

 

La tradición refiere que San Bernardo escuchando cantar a sus hermanos del monasterio la Salve Regina, se transportó y extasiado exclamó:

 

«Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María»

 

Palabras que fueron recogidas e incluidas en la plegaria de la Salve.

 

Fue un grande y fecundo escritor[1], a la Virgen le dedicó extensos escritos. Son célebres muchas de sus palabras y oraciones.

 

El gran Abad de Claraval[2], que con justicia se lo ha dado también en llamar: “El Caballero de María”; “El Doctor de María”. Se durmió en la paz del Señor el 20 de agosto  de 1153. Los testigos que presenciaron los últimos momentos de su vida testificaron[3] que «se vio aparecer a su cabecera la muy Misericordiosa Madre de Dios, su especial Patrona: Venía a buscar el alma del Bienaventurado»

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2.    SAN FRANCISCO DE ASÍS

Juan Moriconi, su nombre de pila, nació en Asís-Italia en el año de 1181 o 1182. Sobre su devoción a la Virgen María, sus biógrafos hacen esta referencia:

 

“San Francisco sentía un amor indecible a la Madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana. Pero lo que más alegra es que la constituyó abogada de la Orden y puso bajo sus alas, para que los nutriese y protegiese hasta el fin, los hijos que estaba a punto de abandonar”.

 

Tenazmente le suplica:

 

“¡Ea, Abogada de los pobres! Cumple con nosotros tu misión de tutora hasta el día señalado por el Padre”.

 

San Francisco en la primera regla escribe:

 

“Te damos gracias porque hiciste nacer a Cristo, verdadero Dios y hombre, de la gloriosa siempre Virgen bienaventurada, Santa María”.

 

Tuvo un profundo y gran cariño por la Iglesia de la Porciúncula o Santa María de los Ángeles, Asís–Italia, así lo refiere Tomás de Celano, su primer biógrafo:

 

“El bienaventurado padre sabía decir que Dios le había revelado que la bienaventurada Virgen, de todas las Iglesias construidas en su honor en el mundo, tenía por aquella sus preferencias”.

 

San Buenaventura lo confirma en sus escritos:

 

“El santo amó este lugar más que a cualquier otro en el mundo. Aquí comenzó humildemente; aquí progresó en la virtud y aquí cerró felizmente sus ojos. Por eso lo recomendó de manera especial a sus hermanos, como lugar muy querido por la Santísima Virgen”.

 

El sábado 3 de octubre de 1226 se apagó el último aliento de su voz después de entonar el salmo 142 cuya última parte dice:

 

¡Saca mi alma de la cárcel, y daré gracias a tu nombre!

En torno a mí los justos harán corro, por tu favor para conmigo.

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3.    SANTO TOMÁS DE AQUINO

Santo Tomás de Aquino, Doctor de la iglesia católica, nació en Italia, cerca de Nápoles en el mes de marzo de 1225. Hay muchos episodios de su vida que se han convertido en leyenda. Santo Tomás de Aquino fue muy devoto de la Virgen María. Uno de sus biógrafos narra que un día la nodriza que tenía a cargo su crianza, vio que tenía un papelito en la mano y se lo quiso quitar, pero el niño echándose a llorar se resistió tanto que el ama no tuvo más remedio que dejárselo.

 

Se encontraba presente su madre, llamada Teodora, y, movida por la curiosidad quiso saber lo que contenía aquel papelito y a la fuerza se lo arrancó de su tierna mano.

 

Abrió el papel y vio en él escritos estas palabras: “Ave María”. El niño entre tanto lloraba amargamente y, para acallarle, su madre se lo devolvió. Entonces Tomasito se lo metió en la boca y se lo tragó. Todos los que presenciaron este suceso comentaron que Tomás sería muy devoto de María Santísima y, por cierto, que no se equivocaron.

 

Frecuentemente la invocaba diciendo: “Trono de la Sabiduría. Rogad por nosotros”. De sus predicaciones cuaresmales en Nápoles, en 1273, se han recogido en un opúsculo la explicación que hizo el santo sobre el Avemaría.

 

A la Virgen le pedía que le consiguiera la asistencia del Espíritu Santo y en verdad que la obtuvo, porque uno de los más preciosos regalos que Nuestra Señora le concede a sus devotos es una gran infusión del Espíritu Divino.

 

Una de las gracias más preciosas que la Virgen obtuvo para Santo Tomás fue una gran fortaleza para mantenerse totalmente casto hasta el último momento de su vida. A Ella le había consagrado su pureza, y Ella lo ayudó a mantenerse fiel. La Virgen se le apareció varias veces. Por todo lo indicado se lo ha dado en llamar el favorecido de María.

 

En la biblioteca Vaticana de Roma se encuentra uno de sus manuscritos. En él encontramos algo sorprendente y digno de admiración. A través de todo el texto, sin relación alguna con lo que sigue se encuentran diseminadas estas dos palabras: “AVE MARÍA”. Se dice que Santo Tomás las escribía cuantas veces se veía precisado de inspiración y ayuda de lo alto. A la asistencia de la Virgen seguramente se debe su monumental obra la “Suma Teológica” compuesta por 14 tomos.

 

El “Doctor Angélico”, el 7 de marzo de 1274, a la edad de 49 años entró a la gloria del Señor.

 

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4.    SAN FELIPE BENICIO

San Felipe Benicio nació en Florencia-Italia el 15 de agosto de 1233. Fue el quinto general de la orden de los Siervos de María[4]. Ha sido considerado como el máximo propagador de la obra por el gran impulso que le dio. Su vida está llena de prodigios y leyendas. Aún no tenía un año cuando llegaron a pedir limosna a la ciudad de Florencia algunos religiosos servitas; cuando el niño los vio exclamó milagrosamente:

 

“Estos son los siervos de la Virgen”.

 

Graduado de doctor en Padua y vuelto a Florencia andaba deliberando sobre el estado que abrazaría, cuando un jueves de la octava de Pascua entró a orar en la Iglesia abacial de Fiésole. Mientras oraba le pareció escuchar que el crucifijo le decía:

 

“Ve a la colina en que habitan los siervos de mi Madre; así cumplirás la voluntad de mi Padre”.

 

Ensimismado con este pensamiento entró a escuchar misa en la capilla de los Servitas de Caraffagio. La epístola de ese día trataba sobre la conversión de un eunuco de la reina de Etiopía, causándole gran impacto las palabras del Espíritu Santo dirigidas al diácono Felipe: “Felipe acércate a este carro”; le pareció que se las decían a él, por la similitud del nombre.

 

Llegado a su casa se puso a orar hasta la media noche a la Santísima Virgen pidiéndole que le diese a conocer la voluntad de Dios. Durante el tiempo que permaneció en oración tuvo esta visión: Le pareció que se hallaba en medio de una vasta y desierta campiña, donde no veía más que precipicios, peñascos, rocas escarpadas, lodazales, serpientes, espinas y lazos tendidos por todas partes. Atemorizado con tan espantosa visión, comenzó a dar gritos con todas sus fuerzas, tranquilizándolo enseguida la Santísima Virgen que se le apareció sobre un resplandeciente carro rodeada de ángeles y de bienaventuradas; y  repitiéndole las mismas palabras que había escuchado en la misa: “Felipe acércate y júntate a este carro” le pidió que entrase en la Orden de los Servitas. San Felipe obediente ingresó a la Orden y al entrar declaró:

“Quiero ser el siervo de los Siervos de María”.

 

Hay otro hecho de su vida que destacar: En 1268 mientras visitaba la comunidad de sus hermanos de Arezzo, la ciudad estaba pasando por momentos de penurias, por la escasez de alimentos, afectándole también la carestía a ellos. El santo al darse cuenta de lo que pasaba en su comunidad se puso a los pies de la Virgen María, suplicándole que los socorra y proveyera misericordiosamente en tan gran necesidad. La Divina Providencia no se hizo esperar y en ese mismo momento aparecieron en la puerta del convento dos cestas llenas de provisiones y de pan. Nadie vio ni supo quien lo había dejado, llegando los religiosos a  convencerse de que la Virgen María lo había hecho. A partir de entonces la Virgen fue llamada e invocada como “Madre de la Divina Providencia”[5].

 

El 22 de agosto de 1285 San Felipe Benicio después de contemplar con devoción el crucifijo entregó su alma al Creador.

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5.    SAN BERNARDINO DE SIENA

San Bernardino de Siena, nació en la festividad de la Natividad de la Virgen María, el 8 de septiembre de 1380 en la ciudad de Massa-Italia. Se sentía un predestinado de la Virgen:

 

“Yo nací en la fiesta de la Natividad de la Virgen. Y en el mismo día yo volví a nacer, ya que recibí la vestición religiosa de franciscano, y al año hice profesión de los votos de pobreza, castidad y obediencia. Ruego a Dios que también en ese día pueda morir”.

 

Sus biógrafos narran que San Bernardino siendo joven tenía una novia misteriosa que  luego se supo era la Virgen:

 

“Daría mi vida por la presencia de la persona, a la que amo. Mi novia es de tan prodigiosa belleza, que me ha arrebatado completamente el corazón. La amo de tal manera, que no puedo dormir una noche sin antes haber ido a visitarla”.

 

Transcurrido el tiempo le confiará a su prima Tobías el gran secreto de su Novia:

 

“Porque me lo pides, te confiaré lo que no hubiera comunicado a nadie. Me he enamorado de la Virgen María. Es la Madre de Dios y es nuestra Madre. Desde mi infancia le soy devoto. En mi orfandad confié en ella como Madre y en ella pongo toda mi esperanza... La amo mucho y anhelo verla... Y como la figura pintada en Puerta Camollía, me parece la más linda de la ciudad voy diariamente a contemplarla. Me arrodillo ante ella. Desahogo mi corazón. Le pido su maternal bendición. ¡Ella es mi única Amiga!”.

 

En cierta ocasión, en la plaza mayor de Siena, estando congregado el pueblo, dirigiéndose primero a la Virgen, pronunció estas encendidas palabras:

“¡Oh mujer, por todos y sobre todo bendita! Tú eres el honor y la defensa del género humano. Tú eres rica de méritos y de poder, más que cualquier otra criatura. Tú eres la Madre de Dios, la Señora del universo, la Reina del mundo. Tú eres la dispensadora de todas las gracias, el jardín de las delicias y la puerta del cielo.

 

¡Oh habitantes de Siena, vosotros habéis sido salvados de tantos peligros, gracias a la Virgen, la cual ha orado al Altísimo Dios, en favor vuestro! ¡Ea! Sed agradecidos. Ella enfrenta los peligros y las tentaciones, diciendo y mandando al demonio: “¡Maldito, lejos de aquí!... ¡Deja en paz a esta ciudad, donde viven mis devotos!... Ella podría decir: Yo os he sustraído de muchas y muchas tribulaciones, hijos míos, por la fe, la devoción y la esperanza, que habéis tenido en mí. ¡Sed, pues, agradecidos, y acudid a ella confiadamente!

 

Jamás hubo criatura más digna que ella de honor y de gloria. Y para que tú sepas que ella no es ingrata, cuando tú la saludas, aunque no la veas, ella se vuelve hacia ti, recibiendo tus palabras con ese cariño, que tú lo demuestras. Y si tú la invocas con reverencia y fe, ¿qué crees que ella haga? Ella se pone ante Dios y reza por ti. Y como ella es la Madre de Dios, todo lo que pide, Dios abundantemente se le otorga”.

 

El 20 de mayo de 1444 “murió sonriendo”. Momentos antes pidió, ser puesto en el suelo como su padre espiritual San Francisco de Asís. Sus últimas palabras fueron:

 

“Oh Señor dulcísimo, he manifestado tu palabra a los hombres. Llévame a tu Reino con la ayuda de tus santos ángeles”.

 

San Bernardino de Siena fue canonizado por el Papa Nicolás V el 24 de mayo de 1950.

 

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6.    SAN LUIS GONZAGA

San Luis Gonzaga nació en Castiglione-Italia el 9 de marzo de 1568. Patrono de la juventud, fue un ardiente devoto de la Virgen María. Ella fue su guía, maestra y consejera durante su corta, pero fructífera vida. Estando aún en pañales enfermó gravemente, perdiendo los médicos toda esperanza de salvarlo. Sus padres angustiados fueron al santuario de la Ghisiola a implorar a la Virgen que le devuelva la salud, como en efecto así aconteció.

 

A la edad de los siete años, empezó y mantuvo la costumbre de recitar diariamente el Oficio de Nuestra Señora junto a otras devociones. A los 9 años, en Florencia frente a una imagen de la Santísima Anunciación, hizo el juramento de permanecer siempre casto con su ayuda. Por las actividades de su papá, que era Marqués de Lombardía, vivió en Madrid mas de dos años. San Luis Gonzaga fue nombrado junto con su hermano Rodolfo, pajes de Don Diego, príncipe de Asturias. Durante su estancia en tierras españolas, acostumbraba visitar a la Virgen del Buen Consejo[6]. En este lugar, el 15 de agosto de 1583, en la festividad de la Asunción, mientras se encontraba en oración, pidiendo a la Virgen que lo asistiese en la vocación que debía elegir, (por cuanto se encontraba muy indeciso), escuchó a la Virgen decirle que ingresara a la Compañía de Jesús. Pese a la oposición paterna, con la ayuda de la Virgen, finalmente obtuvo el tan ansiado permiso, cuando contaba los diecisiete años de edad.

 

El 21 de junio de 1591, a los veintitrés años de edad, contagiado por el tifo murió en paz. Fue beatificado en 1605 por el Papa Paulo V, y canonizado por el Papa Benedicto XIII en 1726.

 

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7.    SAN JUAN BERCHMANS

San Juan Berchmans nació el 13 de marzo de 1599 en Diest-Bélgica, que en ese entonces pertenecía a la Corona de España. Amó entrañablemente a la Virgen María. Ella formó parte de sus intensos amores. Entre los muchos sentimientos y propósitos que le dedicó están estos:

“En cuanto a la castidad, nada he sentido, ni parece haber estado nunca mejor por beneficio de la Santísima Virgen”.

“Pediré a la Santísima Virgen aquella modestia de que se vio ella adornada al tratar y hablar”.

“Tú eres la Patrona de la santidad, de la salud, y de mis estudios”.

 

El Santo hizo el voto de defender la Inmaculada Concepción de María, voto que lo firmó con su sangre:

 

“Yo Juan Berchmans, hijo muy indigno de la Compañía de Jesús, declaro a Vos y a Vuestro Hijo -que creo y confieso que está aquí presente en el muy augusto sacramento de la Eucaristía- que siempre y para siempre -a menos que la Iglesia no lo juzgue de otra manera- afirmaré y defenderé Vuestra Inmaculada Concepción. En testimonio de lo cual he firmado con mi propia sangre y lo señalo con el sello de la Compañía de Jesús. A 1620. Juan Berchmans I.H.S.”.

 

Un hermano le pregunta, que le indique el modo de merecerse el patrocinio de María Santísima, a lo que respondió el santo:

 

“Acudamos llenos de confianza a la Virgen, porque Ella nos ha traído a Dios, y es en cierto modo un acueducto del que fácilmente sacaremos el agua celestial de Cristo a nuestros huertos; es Ella una reina riquísima y generosísima. ¿Qué lugar más seguro que las llagas de Jesús, y los brazos y el regazo de la Reina de los Ángeles?”.


 

 

Ya cerca de morir, pronunció estas emotivas frases:

 

“Protesto querer vivir y morir como verdadero hijo de la Bendita Virgen María... Oh María, no me abandones, porque soy hijo tuyo. Lo sabes, porque lo he jurado. Oh María no me dejes, no pierdas ánimo conmigo. Me amará también en la muerte, ya que me esforcé por amarla en vida. Ah, si tuviese mil corazones, con mil corazones amaría a María... Dadme mis armas: la cruz, la corona del rosario de la Santísima Virgen y las reglas de la Compañía. Estas son mis tres prendas más amadas; con ellas moriré contento”.

 

El 13 de agosto de 1621, a los 22 años de edad murió santamente. En 1865 fue beatificado por Pío IX, y en 1888 fue canonizado por el Papa León XIII.

 

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8.    SAN JUAN EUDES

San Juan Eudes nació el 14 de noviembre de 1601 en Ri, pequeña aldea de Normandía, cerca de Argentan-Francia. Cuando cumplió 17 años puso en manos de una imagen de la Virgen un anillo de oro, y se promete a sí mismo ser fuerte hasta el punto de no claudicar por nada ni por nadie. Años más tarde escribirá:

 

“Admirable y amabilísima María, Madre de Dios, Hija única del Padre Eterno, Madre del Hijo de Dios, Esposa del Espíritu Santo, reina del cielo y de la tierra, no me extraña que consientas ser esposa del último de los hombres y del mayor de los pecadores, que osó escoger desde niño por su muy única esposa, y consagrarte totalmente su cuerpo, su corazón y su alma. El que quieras imitar la bondad infinita de su Hijo Jesús, que consiste ser esposo de un alma pecadora y mísera”.

 

Se dirige a María con palabras llenas de afecto y sentimiento: ella es “La Divina María”, “La Madre Admirable”, “La Madre del Bello Amor”, “Madre de Misericordia”.

 

En la vie et le royaume escribe:

 

“Madre de gracia y de misericordia, yo te escojo por madre de mi alma te tomo y reconozco como mi soberana, y, como tal, te doy sobre mi alma y sobre mi vida todo el dominio que puedo darte bajo Dios. ¡Oh Virgen Santísima! Mírame como algo tuyo, y en Tu bondad trátame como súbdito de tu soberanía”.

 

El lunes 19 de agosto de 1680 hacia las tres de la tarde, murió apaciblemente, no sin antes ofrecer su Congregación a Jesús y María, e impartirles su bendición.

 

San Juan Eudes fue beatificado por el Papa Pío X el 25 de abril de 1909, y canonizado por el Papa Pío XI el 31 de mayo de 1925.

 

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9.    SAN JOSÉ DE CUPERTINO

San José de Cupertino, nació el 17 de junio de 1603 en Cupertino- Italia. Cuando tenía ocho años le apareció una rara enfermedad en la nalga; una inmensa llaga “grande como un sombrero”. Pasaron cinco años y no se curaba. Su madre desesperada, no sabiendo que hacer porque su chico se moría, lo llevó al Santuario de “Santa María de las Gracias” en Galatone. Llegados al lugar, después de invocar a la Virgen, el ermitaño que los acompañaba, le untó la herida a José con unas gotas de aceite recogida de la lámpara que ardía ante la Virgen. El efecto fue inmediato. La Virgen lo había curado.

 

Antes de cumplir los 22 años no sabiendo que hacer ni a quién acudir, pasaba largas horas en el Santuario de “Santa María de la Grottella”, delante de la imagen de la Virgen, quejándose amargamente de su suerte:

“Todos me echan... Todos me insultan... Todos se burlan de mí... ¡mis propios familiares!... mi madre también...! ¿Qué será de mí? ¿Qué hacer?... ¡Señor, en tus manos, entrego mi destino! ¡Virgen María, sálvame y ayúdame!”.

 

Siendo sacerdote dirá:

 

“Me entregué a la devoción de la beatísima Virgen, quién continuamente me hizo gracias”.

 

Exhortaba a los peregrinos con estas palabras:

 

“Cuándo quieran algo, confíen en Dios y recurran a la Virgen, mi Madrecita, y no desconfíen, ya que mi Madrecita los ayudará en todos los apuros”.

 

A partir del mes de agosto de 1663, empezó a debilitarse. En el lecho de muerte le dice a la Virgen:

 

“Virgen, yo me he entregado a ti como hijo desde mi nacimiento, en todos los años de mi vida me he hecho siervo tuyo, y te he dado sólo a ti las llaves de mi alma”.

 

Finalmente el 18 de septiembre, después de rezar las letanías de la Virgen, expiró muy sonriente este gran enamorado de la Virgen, a quién, siempre en vida le cantó:

 

“Salve Reina, rosa sin espina

Hija de amor, Madre del Señor.

Ruega por mí, que no muera pecador”.

 

Sus últimas palabras fueron dirigidas a la Virgen: “Muestra que eres mi madre”

 

El Papa Benedicto XIV lo beatificó en 1753. Clemente XIII lo canonizó en 1767.

 

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10.  SAN LUIS MARÍA GRIGNIÓN DE MONTFORT

San Luis María Grignión de Montfort[7] nació el 31 de enero de 1673 en la pequeña ciudad de Montfort-La Cane o Montfort sur Meu-Francia. Sus padres fueron Juan Bautista Grignión y Juana Robert de la Vizeule. Fue el primogénito de ocho hermanos. Fue bautizado en la iglesia de San Juan en la víspera de la Purificación de Nuestra Señora. A la edad de 4 o 5 años ya rezaba todos los días el rosario, conservando esta práctica durante toda su vida.

 

Desde sus inicios en el colegio fue admitido en la Congregación Mariana, cuya obligación diaria era el rezo del Oficio Parvo, frecuentar los sacramentos, las pláticas y lecturas marianas.

 

Un día, mientras se encontraba de hinojos en la iglesia carmelita de Nuestra Señora de la Paz, implorando ardientemente a su “Madre”, escuchó la voz de Dios que le dijo “serás sacerdote”.

 

Cuando era estudiante de Teología, San Luis María Grignión vivía tan aferrado a la Virgen, que acostumbraba llevar una imagen de metal. A menudo la llevaba en la mano, la miraba, honraba y besaba. También al estudiar, tenía la imagen en la mano, hasta que un día un sacerdote se la quitó; afligido pero sin perder el ánimo dijo:

 

“Aunque me quiten de las manos la imagen de mi bondadosa madre, jamás me la arrancarán del corazón”.

 

En 1699 fue elegido por el seminario de San Sulpicio junto a otro compañero, para ir en peregrinación al santuario mariano de Chartres. Allí pasó toda una noche en oración, de donde saldrá dispuesto a ser un apóstol de María.

 

En una carta dirigida a su hermana Luisa Grignión en febrero de 1701, quién atravesaba momentos difíciles, la anima con frases como esta:

 

“Duerme tranquila sobre el pecho de la Divina Providencia y de la Santísima Virgen, no preocupándote sino de amar y agradar a Dios”.

 

Más adelante le refiere la cita del evangelio: “Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura” (Mt 6, 33), y le añade:

 

“Si cumples la primera parte de este precepto divino, Dios infinitamente fiel, cumplirá la segunda; quiero decir que si sirves fielmente a Dios y a su Santísima Virgen, no carecerás de nada ni en este mundo ni en el otro”.

 

Alcanzado el sacerdocio, su única ambición y su mayor anhelo fue la de ser misionero a tiempo completo, y lo consiguió aún a costa de muchos sufrimientos, envidias, incomprensiones y persecuciones. Cuando los jansenistas consiguen del obispo que le retiren la licencia de predicar en la diócesis de Poitiers, San Luis Grignión de Montfort antes de peregrinar a Roma y pedir autorización al Papa para ir a las misiones del extranjero, se despidió de todos los fieles con una carta:

 

“Acuérdensen, queridos hijos míos, mi alegría, mi gloria y mi corona, de amar ardientemente a Jesucristo, de amarlo por medio de María, de hacer brillar en todo lugar y a la vista de todos, su verdadera devoción a la Santísima Virgen, nuestra bondadosa Madre, a fin de ser en todas partes el buen olor de Jesucristo”.

 

En otra parte de la carta les dice:

 

“Con María todo es fácil. En Ella pongo toda mi confianza, a pesar de que rujan el infierno y el mundo. Por Ella aplastaré la cabeza de la serpiente y venceré a todos mis enemigos, y a mí mismo, para mayor gloria de Dios”.

 

Recomendaba a sus fieles a consagrarse constantemente a la Virgen, para de esta forma quedar más unido a su Hijo:

 

“Cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo”.

 

Antes de llegar a la ciudad eterna estuvo quince días en el santuario mariano de Loreto, a la sombra de su querida Madre. Llegado a Roma El Papa Clemente X lo recibió, confiriéndole el título de “Misionero apostólico”, (no sin antes hacerlo desistir de su propósito de irse a otras tierras), invitándolo a regresar a su querida Francia, en donde la cruz de Cristo y la Virgen lo esperaban.

 

A su regreso, rechazado por todos, decide ir en peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Ardillers para confiarle sus penas a la Virgen y recibir nuevas luces, antes de entregarse de lleno a las misiones.

 

Entre las muchas iglesias y oratorios que restauró, estuvo el de un oratorio arruinado, dedicado a la Virgen, Reina de los Ángeles sobre el cual hizo colocar en el frontispicio esta inscripción:

 

“Si en tu corazón está grabado el amor de María al pasar, no te olvides de decir un Avemaría”.

 

Fue un fecundo escritor. En sus escritos sobre “El amor de la Sabiduría eterna” nos indica en que consiste la verdadera devoción a María:

 

“Consiste en un gran aprecio de sus grandezas, en un reconocimiento sincero de sus beneficios, en un celo inmenso por su gloria, en una invocación continua de su ayuda, en una total dependencia de su autoridad, en una firme y tierna confianza en su bondad maternal”.

 

En otra parte de este escrito, hablando de los medios para alcanzar la divina Sabiduría manifiesta:

 

“Entre todos los medios que existen para poseer a Jesucristo, María es el más seguro, fácil, corto y santo. Aunque hiciéramos las más espantosas penitencias, emprendiéramos los viajes más penosos y los trabajos mas pesados; aún cuando derramáramos nuestra sangre para adquirir la divina Sabiduría, si nuestros esfuerzos no están acompañados de la intercesión de la Santísima Virgen  y de la devoción a Ella, serán poco menos que incapaces e inútiles para alcanzarla. Pero si María pronuncia una palabra en favor nuestro, si su amor mora en nosotros, si nos hallamos marcados con el sello de los fieles servidores que observan sus caminos, pronto y sin fatiga obtendremos la divina Sabiduría”.

 

Finalmente después de muchos azares y contratiempos, en los últimos años de su vida, con la ayuda de Dios y la Virgen fundó la “Compañía de María”.

 

Quiso expresar su amor y devoción a la Virgen más allá de la muerte. Un día antes de morir suscribió su testamento, el cual comienza así:

 

“El que suscribe, el más grande de los pecadores, quiere que su cuerpo sea llevado al cementerio, y que su corazón se coloque bajo la tarima del altar de la Santa Virgen”.

 

San Luis María Grignión de Montfort en los últimos instantes de su vida, es atormentado por el maligno, pero sale victorioso y exclama:

 

“¡En vano me atacas! Estoy entre Jesús y María (sosteniendo las imágenes en sus manos). ¡Gracias a Dios y a María! He llegado al término de mi carrera. Se acabó: ¡ya no pecaré más!”.

 

Muere pronunciando los dulces nombres de “Jesús y María” un martes 28 de abril de 1716, cerca de las ocho de la noche. Fue declarado beato  por el Papa Gregorio XVI el 22 de enero de 1888, y santo por el Papa Pío XII el 20 de julio de 1947.

 

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11.   SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

San Alfonso, Doctor de la iglesia católica, una de las lumbreras en quién se han inspirado muchos santos, tuvo la particularidad de llevar un nombre muy extenso: Alfonso María, Juan, Francisco, Antonio, Cosme, Damián, Miguel Ángel, Gaspar. San Alfonso María de Ligorio. Nació el 27 de septiembre de 1696 en Marianela,  Nápoles-Italia.

San Alfonso de Ligorio, a los dieciséis años fue investido como Doctor en Derecho. Junto a la profesión solemne de Fe que pronunció, hizo un juramento cuya parte principal decía:

 

“Yo, Alfonso María, humildísimo siervo de la siempre Virgen María Madre de Dios..., creo firmemente y abrazo de corazón y proclamo con los labios que Vos, Madre de Dios, siempre Virgen por singular privilegio de Dios Omnipotente, fuisteis preservada enteramente inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de vuestra concepción, o sea, en la unión de vuestro cuerpo y alma. Pública y privadamente, hasta el último aliento de mi vida, esto enseñaré, y con la ayuda de Dios, y en cuanto yo pueda, procuraré que los demás enseñen y defiendan. Así lo testifico, así lo prometo, así lo juro, y que así Dios me ayude y sus santos evangelios”.

 

El 29 de agosto de 1723 fue el día de su conversión. San Alfonso  acudió por la tarde al hospital de los incurables y mientras asistía a los enfermos sintió como si el edificio se hundiera en sus cimientos al escuchar una voz interior que le dijo:

 

“Alfonso deja el mundo y entrégate a Mí”.

 

Concluida su labor y al bajar las escaleras, percibió de nuevo el mismo fenómeno y la misma voz.

 

Siendo Obispo, en una de sus visitas al templo a donde acudía a venerar a la Virgen (cuando su tiempo le permitía), le dice a su criado Alejo:

 

“Ella me hizo abandonar el mundo. Cuando seglar me concedió Ella luz y energía para retirarme del mundo y abrazar el estado eclesiástico”.

 

San Alfonso María de Ligorio cuando predicaba a María lo hacía con mucho fervor y encendido afecto. La presentaba de la siguiente forma:

 

“Hijos míos, aquí tenéis a María mirad a vuestra madre. Viene a dispensaros su gracia; pedídselas, que solo ansía repartirlas”.

 

Acostumbraba a poner el nombre de María al principio de sus cartas y  besaba tiernamente su nombre cuando lo encontraba escrito en sus libros:

“¡Oh incomparable Reina! ¡Oh mi tierna Madre!, -exclamaba-, yo os amo; y por esto amo también vuestro nombre”.

 

Veinticinco años después cuando publica su “Disertación sobre la Inmaculada”, reconocerá en María:

 

“La mano misericordiosa y omnipotente que me arrancó del mundo”.

 

Desde 1734 en Villa Liberi empezó a escribir y recopilar en honor de “María”, uno de los libros más famosos que se conoce, tanto por el gran número de ediciones que se han hecho en todos los idiomas, como por su extraordinario y magistral contenido: LAS GLORIAS DE MARÍA. Esta obra apareció por primera vez, (después de dieciséis años de arduo trabajo) a comienzos de octubre de 1750.

En su testamento de bienes que le correspondían, por su mayorazgo, y por las rentas que su padre le había asignado, dejó consignado lo siguiente:

 

“Declaro, por mi heredera universal a María Santísima, Madre de Dios y Madre mía, y por Ella a la Congregación del Santísimo Salvador [8]”.

 

Entre las estampas que adornaban su cuarto para fomentar su devoción, había una con esta inscripción: Spes nostra salve, “DIOS TE SALVE, ESPERANZA NUESTRA”. En su dorso escribió: 

 

“Pobres de nosotros si no tuviéramos a esta poderosa intercesora que nos ha de alcanzar el paraíso”.

 

Siendo Obispo, informando a la Santa Sede sobre su labor pastoral, en una de sus partes escribió:

 

“Desde el comienzo de mi Pontificado, todos los párrocos y por todas partes fomentan en las misas mañaneras el ejercicio de la oración mental y el culto a la Santísima Virgen, esto sobre todo, los sábados, a cuyo intento, algún sacerdote y doctor, por mí elegido predica el sermón de la Madre de Dios y para acrecer en los fieles la devoción hacia Ella”.

 

En el año 1775 el Papa acepta la renuncia del Santo como Obispo, había gobernado la Diócesis durante trece años. En Ariezo les deja a las religiosas de la Annunziata el cuadrito de la Virgen del Buen Consejo que había presidido su mesa de trabajo, con esta dedicatoria:

 

“Al marchar les dejo mi Madre (la mamá mía) y les ruego encomienden mi tránsito a la otra vida, que ya está cercano. Les pido que todos los sábados digan en comunidad una Salve por mi dichosa muerte, y cuando tengan noticia del suceso, les ruego me apliquen una comunión y, por tres días las letanías de la Santísima Virgen”.

 

Ya retirado, aconsejaba a los jóvenes religiosos y novicios:

 

“Obediencia a los superiores, franqueza de corazón con el maestro y amor a María, os pondrán a seguro. La Virgen es Madre de la perseverancia. De joven yo también pasé mis ratos amargos, pero la Virgen me mostró la senda; a Ella se lo debo todo, su mano me ha sostenido hasta la hora presente”.

 

Siendo ya muy anciano, por las noches preguntaba a los que lo cuidaban:

 

“¿Ya rezamos hoy el Santo Rosario? Perdonadme mi insistencia, pero es que del Rosario depende mi santificación y mi eterna salvación”.

 

Los últimos instantes de su vida el P. Buonapane que lo asistió, declaró:

 

“A eso de la una, después del Avemaría, tomé el cuadrito de la Virgen de la Esperanza y le dije: Monseñor, aquí tiene la imagen de la Virgen, le quiere ayudar en este trance, reanime la confianza en Ella y encomiéndese de corazón. Vuestra Señora, en vida, ha propagado sus glorias y Ella le socorrerá ahora en el punto de la muerte. -A cuyas palabras-, el siervo de Dios, ya agonizante y sin habla, abrió los ojos y los paseó por la celda y fijolos luego en la imagen, se le inflamó el rostro extraordinariamente, y sus labios, antes exangües y lívidos, se enrojecieron y se transfiguraba su semblante con placentera sonrisa”.

 

Al toque del Angelus, San Alfonso expiró el 1ro de agosto de 1787. Fue beatificado por Papa Pío VII el 10 de diciembre de 1816. El Papa Gregorio VII lo canonizó en 1839. El 26 de abril de 1950 fue nombrado por el Papa Pío XII, Patrono de los Confesores y Moralistas.

 

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12.  BEATO GUILLERMO CHAMINADE

El padre Guillermo Chaminade, nació en Périgueux (Francia), en el año de 1761 en el seno de una familia numerosa (15 hermanos.) Fue un gran educador[9]. Refiriéndose a la Compañía de María (Marianistas), su obra predilecta fundada en Burdeos en 1817, decía:

                    

“Lo que considero como el carácter propio de la Compañía de María y que me parece sin precedente en la historia de las fundaciones conocidas, es que en nombre de María y para su gloria abrazamos la vida religiosa. Es para consagrarnos a Ella en cuerpo y bienes, para hacerla conocer, amar y servir, con el profundo convencimiento de que no convertiremos los hombres a Jesús sino por medio de su Santísima Madre”.

 

El voto de Estabilidad[10] es el que distingue a los hijos del Padre Chaminade de las otras congregaciones  De esta manera lo definía:

 

“Por el voto de Estabilidad o de piedad filial se entiende el de constituirse de un modo permanente e irrevocable en el estado de servidor de María. Este voto es propiamente una donación y dedicación a la Santísima Virgen, con el piadoso propósito de propagar su conocimiento y de perpetuar su amor a su culto”.

 

El padre Chaminade no se equivocó cuando afirmó:

 

“María debe ser glorificada de siglo en siglo, pero más especialmente en estos últimos tiempos, por la protección visible que concederá a la Santa Iglesia y a la sociedad, quienes para obtener su protección publicarán constantemente sus grandezas y el poder de su mediación. Estoy íntimamente convencido de que Nuestro Señor ha reservado a su Santa Madre la gloria de ser el sostén de la Santa Iglesia de Dios, en estos últimos tiempos”.

 

A Guillermo  Chaminade se lo ha dado en llamar “el apóstol de María”. En su ancianidad exclamó: “No vivo ni respiro mas que para procurar la gloria de María Inmaculada”. Murió el 22 de enero de 1850. El 3 de septiembre del 2000 en la plaza de San Pedro (Roma),  Guillaume-Joseph Chaminade fue beatificado por el Papa Juan Pablo II junto con otras grandes figuras de la iglesia.

 

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13.  SAN MARCELINO DE CHAMPAGNAT[11]

Marcelino José Benito Champagnat Chirat nació el 20 de mayo de 1789 en la pequeña aldea de Rosey perteneciente al ayuntamiento Marlhes próxima a Saint-Etienne-Francia. Fue el noveno hijo del hogar constituido por Juan Bautista Champagnat y María Teresa Chirat.

 

La devoción a María Santísima fue lo que más predominó en su vida espiritual, con frecuencia la llamaba entre otras expresiones: “La Madre Bondadosa”, “La Buena Madre”, “Recurso Ordinario”, “Primera Superiora”. Poco después de recibir el diaconado junto a otros compañeros organizó una peregrinación al Santuario de Tourviére y de rodillas ante la “imagen negra” emiten su consagración y la promesa de integrar “La Sociedad de María”.

 

Los comienzos de la obra fueron muy duros, llega un momento en que no tienen nuevas vocaciones, pero no pierde la confianza, sabe que cuenta con una aliada poderosa. Le dice a la Virgen:

 

“Es obra tuya. Tú nos has juntado, a pesar de los obstáculos que nos han puesto. Si no prosigues ayudándonos y sosteniéndonos, pereceremos; nos extinguiremos como una lámpara sin aceite. Pero si esta obra perece, no es nuestra obra la que muere, sino la tuya, porque tú eres la que le has dado vida. Así pues contamos con tu ayuda en este momento y con ella contaremos siempre”.

 

Suyas son estas frases que confirman su acendrado amor y total confianza en la Virgen María:

 

“Acrecentemos nuestra fidelidad en honrar a María y en mostrarnos verdaderos hijos suyos por la imitación de sus virtudes; redoblemos nuestra confianza en su protección recordando que es nuestro recurso ordinario”.

 

“Jesús confió a su Madre sólo al discípulo amado para que entendamos que únicamente las almas privilegiadas, sobre las que tiene designios especiales de misericordia, regala esa devoción especialísima a Nuestra Señora”.

“Que consolador resulta cuando se va a comparecer delante de Dios, recordar que se ha vivido bajo el amparo de María”.

“María lo ha hecho todo entre nosotros”.

“El que es muy devoto de María será ciertamente muy amante de Jesús”.


 

El lema que impulsó toda su obra fue:

 

“Todo a Jesús por María, todo a María para Jesús”.

 

Frecuentemente les decía a los miembros de su comunidad:

 

“Si tienen la dicha de grabar en el corazón de los niños la preciosa devoción a María, han asegurado su salvación”.

 

“Si María se muestra llena de bondad con todos los hombres, ¿Cuánto más atenta y magnánima se mostrará con los que además de serle devotos y servirla con amor, son apóstoles de su amor y de su culto entre los demás?".

 

“Aunque toda la tierra se pusiera contra nosotros, nada hemos de temer si la Madre de Dios está con nosotros”.

 

“Nada quiere María para sí: cuando la servimos, cuando nos consagramos a ella, nos acoge para entregarnos a Jesús, y para llenarnos de Jesús”.

 

“Ya saben a quien debemos dirigirnos para conseguir cuanto necesitamos, a Nuestro Recurso Ordinario”.

 

“No teman ser inoportunos acudiendo a María en todo momento, porque no tiene límite su poder y es inagotable su bondad”.

 

“Si todas las gracias pasan por María, y si para lograr la salvación es necesaria su intercesión, hemos de concluir que la salvación de todos los hombres va adscrita a la devoción a la Virgen y a la confianza ilimitada en su protección”.

 

Estos fueron los últimos deseos de Marcelino Champagnat antes de morir:

 

“Que la humildad y la sencillez sean siempre el carácter distintivo de los Hermanos Maristas, y que una tierna y filial devoción a nuestra buena Madre les anime en todo tiempo y circunstancia. Háganla amar por doquier cuanto les sea posible. Ella es la Primera Superiora... ¡Qué feliz me siento al morir en la Sociedad de María!”.

 

El sábado 6 de junio de 1840 en el momento que los hermanos cantaban “La Salve”, expiró dulcemente.

 

San Marcelino Champagnat fue beatificado por Pío XII el 24 de mayo de 1955, y canonizado en Roma por el Papa Juan Pablo II el domingo 18 de abril de 1999. 

 

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14.  SAN JUAN MARÍA VIANNEY

El santo cura de Ars, patrono de los párrocos del mundo, nació el 8 de mayo de 1786 en Dardilly a 20 Km de Ars-Francia. “Había nacido con un carácter impetuoso”, dirá un testigo en el Proceso del Ordinario.

 

Sus biógrafos refieren que cuando tenía cuatro años, su hermanita pequeña, Gothon, se apoderó de un rosario con el que Juan María estaba muy encariñado. Cólera, lágrimas; el niño recurrió a la autoridad materna y esta le pidió que abandonase el objeto amado. A cambio, la madre le dio una imagen de la Virgen que estaba sobre el bazar de la cocina. A partir de entonces la imagen fue su compañera inseparable:

 

“No habría dormido tranquilo -dirá- si no la hubiese tenido a mi lado en mi camita”.

 

Una noche, su madre inquieta de no verlo a su lado, lo encontró en el establo rezando de rodillas, con las manos juntas frente a la imagen de la Virgen.

 

Mosén Tailhades refirió en el Proceso del Ordinario, una confidencia que el Santo Cura de Ars le hizo en 1839:

 

“Yo le pregunté cómo había obtenido la liberación de las tentaciones contra la santa virtud. Acabó por decirme que había sido como consecuencia de un voto: Aquel voto pronunciado desde hacía veintitrés años... consistía en recitar diariamente una vez el Regina Coeli y seis veces la jaculatoria: Bendita sea la Santísima e Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María Madre de Dios. Por siempre jamás así sea”.

 

A la jaculatoria mencionada solía añadirle:

 

“¡Oh María que todas las naciones te glorifiquen!. Que toda la tierra invoque vuestro Corazón Inmaculado”.

 

San Juan María Vianney, a su llegada a la Parroquia de Ars reunió a los jóvenes para rezar juntos:

 

“Si os parece rezaremos juntos el rosario para que la Santísima Virgen nos obtenga que hagáis bien lo que vayáis a hacer”.

 

El día que se proclamó el Dogma de la Inmaculada Concepción, San Juan María Vianney desbordaba de gozo cuando empezó su sermón:

 

“¡Que felicidad, que felicidad! Siempre había pensado que en medio del resplandor de las verdades católicas faltaba este rayo de luz. Era una verdad que no podía faltar en nuestra religión”.

 

En cierta oportunidad, una señorita que posteriormente se hizo religiosa, antes de entrar al convento hizo su confesión general con San Juan María Vianney. El Santo Cura le reveló del peligro a que estuvo expuesta por cierto baile al cual asistió y cuyo centro de la fiesta fue un joven desconocido que para disgusto de ella, ni siquiera la tomó en cuenta. Esta fue la exhortación final que le dirigió el Santo:

 

“Pues bien, hija mía; ese joven era el demonio. Aquellas con quienes bailó están condenadas, o en estado de condenación. Y, ¿sabe usted por qué no la invitó? Por el escapulario que llevaba usted consigo y que, por devoción a María, conservaba como una defensa”.

 

En otra ocasión su Vicario le pregunta: ¿Cuánto tiempo hace que ama usted a María? Responde el santo:

 

“La he amado antes de conocerla. Es mi amor más antiguo”.

 

Con esta frase que pronunció se sintetiza el ardiente “amor” que sentía por su “amada”:

 

“Si por dar algo a la Santísima Virgen, pudiera venderme, me vendería”.

 

El 4 de agosto de 1859, a las dos de la mañana, el curita de Ars expiró radiantemente al concluir la oración de los agonizantes:

 

 Que los ángeles de Dios salgan a tu encuentro y te lleven a la celestial Jerusalén.

 

San Juan María Vianney fue beatificado por Pío X el 8 de enero de 1905, y canonizado por Pío XI el 31 de mayo de 1925. Hasta la actualidad, Ars, sigue siendo paso obligado de peregrinos. Contemplando sus reliquias y la sencillez en que vivió el "santo cura", le invade a uno el sincero deseo de emularlo... Todo sacerdote debería pasar por allí.

 

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15.  SAN ANTONIO MARÍA CLARET

San Antonio María Claret nació en Sallent, Barcelona-España el 23 de diciembre  de 1807. En su autobiografía manifiesta orgullosamente su vinculación con la Virgen:

 

“Por devoción a María Santísima, añadí el Dulcísimo nombre de María, porque María Santísima es mi Madre, mi Madrina, mi Directora y mi todo después de Jesús”. “El nombre de María indica mi origen espiritual, pues es mi Madre, pues María es la patrona de la parroquia en donde fui bautizado”.

 

Tiene deseos ardientes de consagrarse sólo a Ella. Agradecido y lleno de humildad le suplica:

 

“Y ¡cuántas gracias debo dar a María Santísima, que desde niño me preservó de la muerte, como después me ha librado de otros apuros! ¡Oh María, Madre mía! ¡Qué buena habéis sido para mí y que ingrato he sido yo para Vos! Yo mismo me confundo, me avergüenzo. Madre mía, quiero amaros de aquí en adelante con todo fervor, y no solo os amaré yo, sino que, además, procuraré que todos os conozcan, os amen, os sirvan, os alaben, os recen el Santísimo Rosario, devoción que os es tan agradable. ¡Oh Madre mía, ayudad mi debilidad y flaqueza, a fin de poder cumplir mi resolución!”.

 

Constantemente pide a la Virgen que le conceda el “don del amor” y el “celo por las almas”:

 

“¡Oh Madre mía María! ¡Madre del divino Amor, no puedo pedir cosa que os sea más grata ni más fácil de conceder que el divino amor, concédemelo, Madre mía! ¡Madre mía, amor! ¡Madre mía, tengo hambre y sed de amor, socorredme, saciadme! ¡Oh corazón de María, fragua e instrumento del amor, enciéndeme en el amor de Dios y del prójimo!”.

 

Se desvivía por alabarla y serle fiel:

 

“¡Oh Madre benditísima, mil alabanzas os sean dadas por la fineza de vuestro Inmaculado Corazón y habernos tomado por hijos vuestros! Haced, Madre mía, que correspondamos a tanta bondad, que cada día seamos más humildes, más fervorosos y más celosos de la salvación de las almas”.

 

San Antonio María Claret fue un escritor fecundo. Después de concluir la Carta a la Inmaculada Concepción, se arrodilló delante de la imagen de María para agradecerle por haberlo ayudado a escribir aquella carta; cuando de pronto escuchó una voz desde la imagen que le dijo:

 

“Camina delante de mí y sé perfecto”.

 

En otra ocasión la Virgen le dijo lo que debía hacer para ser bueno:

 

“Ya lo sabes, arrepentirte de las faltas de la vida pasada y vigilancia en lo venidero”. ¿Oyes Antonio? -Le repitió-; “Vigilancia en lo venidero”.

 

Le obsesionaba un firme propósito:

 

“Pediré a María Santísima una caridad abrasada y una unión perfecta con Dios, humildad profundísima y deseos de desprecio”.

 

San Antonio fue un gran propagador del Rosario. Se vanagloriaba diciendo:

 

“Las mejores conquistas de almas que he logrado, las he conseguido por medio del rezo devoto del Santo Rosario”.

 

De su mocedad y juventud nos refiere lo siguiente:

 

“Siendo jovencito me encontré un libro que hablaba de lo importante que es el rezo del rosario y enseñaba como hay que rezarlo. La lectura de este libro me hizo mucho bien, y el maestro de la escuela viendo que me gustaba rezarlo me ponía a dirigir el rezo del rosario en la clase. Cuando ya fui mayor, en la fábrica de mi padre, rezaba con mis obreros cada día el rosario. Con mi hermanita nos íbamos a veces a visitar una imagen de la Stma. Virgen y allí yo sentía un gozo infinito rezándole el rosario”.

 

En el año de 1843 escribe este contundente propósito:

 

“Me daré de lleno a confesar, catequizar, predicar pública y privadamente, según sea oportuno; y no quiero aceptar, ni aceptaré estipendio alguno, sino que tendré presente que es una gracia que he recibido de María, et quod gratis date”.

 

Otro de los propósitos que se propuso ese año comienza así:

 

“Humildad: todo cuanto haga será por Dios y por María”.

 

El 11 de agosto de 1849, fue notificado de su nombramiento como Arzobispo de Santiago de Cuba. El 6 de octubre de 1850 fue consagrado Obispo en la catedral de Vich. A partir de ese día empezó a firmarse como Antonio María.

 

Llegó a Cuba el 16 de febrero de 1851. Uno de los primeros actos que realizó, fue visitar el santuario de la Virgen del Cobre (patrona de la isla) para implorarle su protección:

 

“Señora vos sois la Prelada de mi Diócesis... Yo no seré más que un mandatario vuestro”.

 

En cierta ocasión, en uno de sus sermones, dirigiéndose varias veces a la Virgen le dice:

“No soy el Prelado; eres tú la Prelada de la Diócesis”.

 

Siendo Arzobispo en Cuba, en uno de sus apuntes inéditos escribe:

 

“Vestidos pontificios. La Mitra significa la sagrada Biblia... El báculo, el régimen o gobierno. En él tengo la imagen de María Santísima, para que entendáis que no soy yo, sino María Santísima es la Prelada”.

 

En los años 1851 y 1852 repartió 20669 rosarios:

 

“Los regalo pero antes les enseño como deben rezarlo y les recomiendo que lo recen frecuentemente y con devoción”.

 

Fue la Virgen misma quien le confió la “Misión” de ser Apóstol del Rosario. Confidencialmente lo anota:

 

“El día 9 del mismo mes (de octubre  de 1857) a las cuatro de la madrugada, la Santísima Virgen María me repitió lo que ya me había dicho otras veces: que yo había de ser el Domingo de estos tiempos en la propagación del rosario”.

 

En 1857 con su puño y letra escribe su cédula de consagración a María Santísima en una carta dirigida al Canónigo Don Manuel Miura, su apoderado en Cuba:

 

“Ya sabe que yo no tengo voluntad propia; soy esclavo de mi Señora y un esclavo no puede tener otra voluntad que la de su Señora a quien sirve”.

 

Ese mismo año fue nombrado confesor de la reina Isabel II y preceptor de los príncipes, debiendo abandonar su amada Cuba.

En la Navidad de 1866, sucedió un notable hecho. En el convento de las Adoratrices de Madrid, después de celebrar la misa de Nochebuena, El santo se quedó arrodillado en la capilla dando gracias a Dios, cuando de repente se le apareció la Virgen y le puso al Niño Jesús en sus brazos.

 

En los propósitos de octubre de 1868 escribió:

 

“Virtudes: Amor de Dios y de Jesucristo. Gracia: devoción a María Santísima... Rosario bien rezado”.

 

En los propósitos de 1869:

 

“El examen particular será el amor de Dios; la gracia que pediré será la devoción a María Santísima”.

 

Otras de las prácticas devotas preferidas por el Santo fue la devoción de las Tres Avemarías. A las madres les aconsejaba:

 

“Si el hijo es pequeño, béselo tres veces y cada vez rezará un Avemaría. Si es grande, cuando esté dormido, se arrodillará y rezará tres Avemarías a su lado”.

 

A los niños que iban a hacer la primera comunión les enseñaba este propósito:

 

“Me abstendré de pensamientos, palabras y obras deshonestas conmigo mismo y con otro; para alcanzar la gracia que necesito, rezaré cada día a María Santísima Tres Avemarías, invocándola, además, con una Avemaría cada vez que me sintiese tentado”.

 

Amaba y admiraba el nombre de María:

 

“¡Cuánto envidio tu nombre y que puedas llamarte María!”.

 

El Santo resumió perfectamente el ¿por qué? de la devoción que debemos profesar y tributar a la Virgen:

 

“Dios lo quiere, Ella lo merece y nosotros lo necesitamos”.

 

Dentro de la Colección de sermones que publicó el Santo, hay una “Carta a Teófilo” a manera de prólogo, digna de ser tomada en cuenta por todos los sacerdotes que deseen escoger a la Virgen como modelo acabado de su predicación. He aquí lo que escribió en una de sus partes:

 

“El Verbo Eterno puede considerarse de tres modos: Encarnado, consagrado y predicado. Para encarnarse escogió la madre más humilde, pero al mismo tiempo la más casta y fervorosa cual es María Santísima. Y así como María Santísima es Madre del Verbo Encarnado, así el sacerdote es como el padre y la madre del Verbo consagrado y predicado.

 

Por tanto, ha de procurar el predicador ser humilde como María; ser casto, como María, y fervoroso, como María... La Virgen María que castitate placuit, et humilitate concepit; Que por su castidad agradó al Señor, y por la humildad lo concibió en sus virginales entrañas, apenas lo dio a luz en medio de la noche, lo envolvió en pobres pañales y lo reclinó en un pesebre donde fue adorado de los Ángeles, de los Pastores y de los Reyes.

 

Aprende, Teófilo, de María; con la castidad has de agradar a Dios, y con la humildad con que estudiarás los libros Santos y con que orarás a Dios concebirás lo que has de decir o el Verbo que has de predicar.

La Virgen lo colocó en el pesebre con toda reverencia; tú, sin faltar al sagrado decoro que exige tu ministerio, ni a la reverencia que se debe a la Divina Palabra que predicas, la colocarás de manera que aun aquellos hombres más rudos y estúpidos la pueden entender”.

 

Cuando predicaba ejercicios al Clero, en la ciudad de Olot les dice:

 

“Vengo por María, María me ha enviado, María dicta mis sermones”.

 

En el “Catecismo Explicado” pregunta:

 

“¿Es bueno ser devoto de María Santísima?” - responde-: “Es cosa buenísima y señal de predestinación”. -pregunta otra vez- “¿En qué consiste la verdadera devoción a María Santísima?” –contesta-: “En abstenerse de todo pecado, imitar sus virtudes, tributarle algunos obsequios, frecuentar los Santos Sacramentos, y hacer bien, con agrado y perseverancia, las oraciones y demás cosas de su servicio”.

 

En 1870 (año de su muerte) alcanzó de la Santa Sede la aprobación definitiva de su gran obra: La Congregación de Misioneros del Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María, fundada el 16 de julio de 1849. En las crónicas del santo[12] se refiere lo siguiente:

 

“Pocos momentos antes de morir sus ojos se iluminan; sus manos casi yertas acarician un crucifijo singularmente amado; su rostro se inflama; sus labios hacen esfuerzos para abrirse y forman, a la postre, unas palabras que van a ser un testamento: TOME USTED ESTE ROSARIO Y CONSÉRVELO”.

 

Quién recibió el encargo fue el Siervo de Dios, padre Clotet, que lo asistió en sus últimos momentos. Después de haber sufrido la persecución y el exilio en Fontfroide-Francia, entregó suavemente su Espíritu al Creador, el 24 de octubre  de 1870. Su última frase fue: “Jesús, José y María, en vuestras manos encomiendo mi espíritu”.

 

San Antonio María Claret fue beatificado por el Papa Pío XI el 25 de febrero de 1934 y, canonizado por el Papa Pío XII el 7 de mayo de 1950.

 

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16.  SANTA MICAELA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

Santa Micaela del Santísimo Sacramento fundadora de “Las Adoratrices, Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Caridad”, nació en Madrid-España en el año de 1809. En su autobiografía nos refiere su consagración a la Virgen cuando muere su madre:

 

“Como era muy devota de la Virgen de los Dolores, al faltarme mi Madre, escogí a la Santísima Virgen el mismo día para que la reemplazara, y le hice una entrega formal de todo mi ser, y resolví no disponer ya jamás de rezo ninguno, ni de la obra buena de ninguna clase, dejando a la Santísima Virgen me diese el destino que creyera más conveniente a la mayor gloria, de Dios, y de este modo tenía una entera confianza en la guarda suya de mí”.

 

La Santa honró a la Santísima Virgen con el dulce y hermoso título de “DIVINA PASTORA DE LAS ALMAS”. En cierta ocasión después de visitar a la Virgen del Pilar, estando en Madrid escribe a la Superiora de la Casa de aquella ciudad:

 

“¿Sabe usted que se me ha perdido algo en Zaragoza? ¡No sé que tiene esa Virgen!... ¡Me tiene fuera de quicio!... ¡Me voy con frecuencia a su capilla”.

 

A la Santísima Virgen del Pilar invocaba la Santa en los momentos de peligro. En su autobiografía nos relata lo siguiente:

 

“Tenía en mi cuarto desde niña, una Virgen del Pilar... y en una ocasión, estando en el campo, entró una noche un hombre en mi cuarto, y al verlo, a la escasa luz de una lamparilla, dije: ¡Virgen del Pilar, Madre mía, guárdame! Luego huyó aquel hombre como si le persiguieran, al verme arrodillar en la cama”.

 

Contagiada por la peste del tifo negro, después de sufrir pacientemente y haber soportado agudos dolores, expiró, después de elevar sus ojos al cielo el 24 de agosto de 1865.

 

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17.  SAN JUAN BOSCO

Juan Melchor, su nombre de pila, nació el 16 de agosto de 1815 en el caserío de I Becchi, de la aldehuela de Morialdo, perteneciente al municipio de Castelnuevo, cerca de Turín-Italia.

 

Cuando Don Bosco tuvo su primer y famoso sueño a la edad de 9 años, recibió del Señor el encargo de enseñar a los chiquillos de su edad “la fealdad del pecado y la hermosura de la virtud“. Este mandato le pareció a Don Bosco imposible de realizarlo. El Señor le prometió:

 

“Yo te daré la Maestra, bajo cuya disciplina podrás llegar a ser sabio, y sin la cual toda sabiduría se convierte en necedad”.

 

La Virgen le pidió en “sueños” a Don Bosco que le edificara una Iglesia, señalándole el sitio exacto donde la quería y previniéndole de las grandes dificultades que iba a encontrar. Finalmente le dijo una profecía que se ha cumplido:

 

“Esta será mi casa: de aquí saldrá mi gloria”

 

Refiriéndose a la construcción del templo de María Auxiliadora en Turín, le atribuye la gracia a la Virgen:

 

“La Iglesia se levantó enteramente por medio de gracias hechas por María Auxiliadora”.

 

En la campana del templo mandó a grabar esta frase:

 

“Cuando María ruega todo se obtiene, nada se niega”.

 

Tenía una fe ciega y una gran confianza en María Auxiliadora. Suyas son estas palabras:

 

“Tened fe en María Auxiliadora y veréis que son los milagros”.

 

“Siempre tuve fe en el poder y en la bondad de María, - hubiera podido añadir -, y he visto florecer los milagros a mi paso”.

 

“Tened también vosotros fe, mucha fe en María Auxiliadora, y comprobaréis por experiencia personal cuán buena y poderosa es Nuestra Señora”.

 

En una ocasión le dice confidencialmente a uno de sus chicos:

 

“Se puede decir que Don Bosco lo ve todo y es llevado adelante por mano de Nuestra Señora... en cada paso, en cada circunstancia, he ahí a la Santísima Virgen”.

 

En uno de sus viajes a Francia, los parisienses admirados le preguntaban de donde sacaba los medios para sostener y llevar adelante tantas obras. A lo cual el santo respondía:

 

“Mi gran postuladora es María Auxiliadora”.

 

Cuando comienza a propagarse el rumor de que Don Bosco obra milagros, su profunda humildad queda de manifiesto cuando dice:

 

“¡Los Milagros los obra la Santísima Virgen!”

 

San Juan Bosco, siempre exhortaba a todos a llevar puesta una medalla de la Virgen:

 

“Pongamos toda nuestra confianza en María, y quien no tiene puesta su medalla, que se la procure... Besémosla y experimentaremos grandes ventajas para nuestra alma”.

 

A los chicos del oratorio les dice:

 

“Me gustaría que vosotros observaseis atentamente si alguno de los que llevan puesta la medalla fuese contagiado por el morbo. Vosotros id con valor a asistir a los enfermos en las casas, en los hospitales y en los lazaretos, y no temáis”.

 

Don Bosco por donde quiera que iba repartía las medallas de María Auxiliadora difundiendo su devoción “y la confianza en la ayuda de María Santísima”. En un mes llegó a repartir más de diez mil.

 

En las memorias biográficas de Don Bosco, consta que en 1869, hizo acuñar más de 50.000 medallas de María Auxiliadora, porque durante su permanencia en Roma se había quedó sin ninguna.

 

En 1884 mientras el cólera hacía estragos en Europa, San Juan Bosco escribe:

“Nada de miedo; el único antídoto: la medalla de María Auxiliadora, con la jaculatoria: María Auxilium Christianorum, ora pro nobis, y frecuentes comuniones”.

 

Don Bosco, para infundir en los niños, la devoción de la Virgen dispuso que se estableciera una Congregación de María en cada uno de sus colegios:

“Sabed, -les decía- que nada os dará tanto consuelo en la hora de la muerte, como el haber sido devotos de María”.

 

Tan agradecido estaba San Juan Bosco de la Virgen por las copiosas gracias derramadas, que constantemente exclamaba: “Bendita sea María Auxiliadora”.

 

Tanto fervor y confianza tenía Don Bosco a la Virgen que a todos los que padecían alguna tribulación les decía: “COMENZAD SIN DEMORA UNA NOVENA A MARÍA AUXILIADORA”, y les enseñaba la forma como hacerla:

“Rezar cada día tres Padrenuestros y Ave María y Gloria, y tres Salves. Después de cada Gloria, se dice: “Sea